FRANCISCO PEREGIL – Madrid –

Los familiares de los secuestrados piden un gesto humanitario de las FARC. El eco de las manifestaciones que el 4 de febrero se convocaron en todo el mundo para pedir la liberación de los 40 rehenes en manos de las FARC llegó a la selva. El sargento de la policía colombiana Julio César Buitrago, liberado el miércoles junto a Ingrid Betancourt y a otros 13 rehenes, explicó ayer hasta qué punto las voces de la gente que se echó aquel día a la calle insuflaron ánimos y fuerzas en los retenidos.

 

Por eso el policía pidió ayer otra marcha en favor de los 25 secuestrados canjeables, que llevan de promedio en la selva tres años más que los seis de Betancourt. Las FARC retienen a más de 700 personas que sólo soltarán a cambio de dinero. Pero los 25 canjeables sólo serán liberados a cambio de guerrilleros presos. El problema es que los tres civiles y 22 militares apresados tendrán difícil acaparar tanta atención mediática como aglutinó en su día Ingrid Betancourt.

Poca gente conoce fuera de Colombia el nombre del coronel Luis Mendieta, quien lleva nueve años y ocho meses en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Sin embargo, en la memoria de muchos colombianos aún perdura la carta que Mendieta envió como prueba de supervivencia a sus familiares hace apenas cinco meses. Llegó junto a una foto donde aparecía en plena selva con cadenas y candado al cuello: “He tenido que arrastrarme en el barro para hacer mis necesidades fisiológicas, con la cadena y el candado atados al cuello. (…) No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”, explicaba Mendieta.

En la selva han quedado también los cabos Pablo Emilio Moncayo y Libio José Martínez (10 años y 6 meses presos), los rehenes más antiguos en manos de las FARC. El cabo Moncayo fue apresado cuando apenas tenía 19 años. Su padre, el profesor Gustavo Moncayo, saltó a la fama cuando el 17 de junio de 2007 emprendió una marcha de más de mil kilómetros por Colombia en la que apelaba al diálogo con la guerrilla. “Me alegro por los liberados, pero los queremos abrazar a todos. Pido a Dios y a las FARC que los suelten”, señaló.

Cada uno de los 25 arrastra sus grandes dramas, que casi nunca trascienden más allá de los hogares que dejaron atrás. El cabo Martínez, por ejemplo, proviene de una familia humilde de campesinos que vive en una casa a medio construir. Su padre destina cada mes el dinero de dos jornadas de trabajo (equivalente a siete euros) para pagar una misa en honor de su hijo.

Cada uno tiene su pequeña parte de gloria en este drama. El ex gobernador Alan Jara, por ejemplo, padece paludismo, ha pasado meses atados de pies y manos, pero es un ejemplo de resistencia para los demás. Ejercía de maestro, evaluaba a sus alumnos, se inventaba estímulos para los que mejor rendían. “No puedo imaginar cuánto dolor más habríamos sufrido personas como los policías, los soldados y yo si no hubiéramos contado con él”, declaró la ex congresista Consuelo González de Perdomo, liberada en enero pasado.

Mendieta, Moncayo, Martínez, Jara. Y así, hasta completar la lista de 25 nombres casi anónimos que luchan contra el olvido.